Ancianos los de mis tiempos…

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Uno aprende a ser valiente cuando le ponen una navaja en el rostro y durante mi niñez el miedo aprendió a retroceder una vez al mes, del otro lado de la navaja estaba un honrado caballero, un adulto mayor en su impecable bata de trabajo, la correa de afilar, la espuma de jabón con su escobilla sumergida, la revista condorito.

Tuve el placer de ser atendido como un caballero por otro de generosos modales en una humilde barbería durante muchos domingos de mi pasado, de aprender a ser valiente frente a la navaja y sus manos temblorosas en mi rostro, de entender de sus modismos y sus modales en un local lleno de caballeros y gracias a ello conceptualice lo que era ser mayor y lo que sustentaba el “respeto a los mayores”, eran impecables, dentro de su gracia y hasta en su picardía había educación. Esa generación fue desapareciendo, pero su imagen no.

Ahora que soy un joven adulto con modismos de viejo, y paso la navaja en mi rostro por mi propia mano, miro como buen anciano con nostalgia el pasado, porque mucho se habla de lo que los jóvenes debemos hacer por el país, sobre ser el presente, de nuestra deuda con la sociedad, de los valores en crisis y de la juventud perdida… y veo mucho compromiso de las nuevas generaciones, lo que me desconciertan son las antiguas.

Porque la realidad está hecha de detalles, de pequeñas decisiones y yendo por las calles he identificado que los responsables de muchas características que nos definen como una “sociedad incivilizada”  son los adultos mayores actuales, los nuevos ancianos.

Los encuentro sin descaro robando lugar en las colas, arrojando basura en la calle, escupiendo, con muy malos modales, empujando, siendo groseros y hasta faltando el respeto a las jovencitas entre muchas cosas, mientras que las nuevas generaciones deben educarse con un ejemplo ilusorio. Mientras que por respeto no se les puede llamar la atención, lo cual bajo esta circunstancia alcanza la injusticia.

No intento generalizar, hablo desde mi experiencia y de mi pésima suerte de andar por las calles presenciando estos actos, es obvio que todos no pueden ser iguales y de hecho que hay patrones generacionales que explicarían su comportamiento. Pero debo señalar en honor de la verdad que tengo más problemas con la falta de civismo de los adultos mayores que con los jóvenes con quienes me rodeo, de hecho le tengo mucha esperanza a las presentes y nuevas generaciones.

No creo que todo este perdido, lamento que los caballerosos ancianos de mi infancia sean cada vez más escasos, pero quiero ver este problema actual como la clara justificación que nunca es tarde para aprender, que hermoso fuera que a esa edad se tuviera aun la humildad de aprender,  mejorar con el presente, que no sea responsabilidad tan solo de la juventud y que vencido el plazo se arrastren las taras a la muerte, que ser un caballero es una profesión de por vida.

La Teoría del Miedo

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Hay mañanas  ideales  para  ver ídolos caer, como los días de exámenes finales cuando el amigo que tanto admiras por su intelecto declina de dar examen por considerar inminente su fracaso, obvio que algo así desmotiva al aula, pero en lo íntimo ofende, yo no admiro cobardes. Así que lo tomamos por otro lado, que si vamos a reprobar un examen debemos afrontarlo con decencia y honradez, que nosotros mejor que nadie sabemos que las evaluaciones deben ser termómetros que nos indiquen donde y como debemos mejorar, y si todos tenemos mucho por mejorar entonces es bueno saberlo ahora. Obvio que no es simple convencer a un hombre en pánico y a un aula con moral baja para enfrentar como espartanos un examen, así que recurrí a un arte menos académico, que vayamos todos a beber un trago antes de dicho examen y que sea lo que sea.

Fuimos más de los que imagine que pudieran considerar racional la propuesta, dando todo por perdido nada más se podía perder, dimos un examen envueltos en febril despecho y lo obvio no sucedió, aprobamos holgadamente, aun nos sorprende.(Irónico, estudiamos educación y todos tenemos ya algún aula a cargo)

Entonces recordé, recordé muchísimas vivencias aparentemente sin importancia, conversaciones completas de hace años, colores, direcciones, el orden de las casas en una calle lejana donde viviste hace mucho, tanta información que acumulaste sin esfuerzo que vuelve a ti sin prisa, vívidamente, por qué las clases no funcionan así? Por qué no recuerdo tan vívidamente lo que dice Jhon Dewey como lo que hable con mi primo hace años en una azotea? Porque la memoria, misterio de la vida, entiende por las buenas (como decía mi abuela de mi).

Así es, el miedo por el contrario inhibe y bloquea nuestra memoria, siembra duda sobre nuestras certezas, propone salidas desesperadas. No niego que a veces nuestra reacción ante el miedo nos ha librado de varias complejidades, pero cuan mejor lo habríamos hecho sin temor?

No me quede con la duda y ya que estábamos en eso de ser valientes propuse un experimento con mis alumnos, en cuyos rostros pude identificar esa misma inseguridad, como si algo realmente terrible fuera a suceder si reprobamos. Entonces mentí.

Les dije que todos aprobarían si o si, así que el examen era un formalismo para mí, y en esta oferta única ganada por su carisma había algunas condiciones, debían dar el examen de igual forma pero escribir además algún conocimiento aprendido en clase que creyeran trascendente y que lamenten no fuera preguntado, es decir, la gran oportunidad de expresar lo que sabes y te gusta.

El experimento fue un éxito, todos aprobaron, los rostros desesperanzados de antes ahora acertaban con una elegancia envidiable, y no solo fue bueno para ellos, pues para mí como profesor fue gratificante encontrar en los exámenes un reflejo más realista de lo que significa el aprendizaje en ellos, fue la primera vez que puse la máxima nota en un examen final.

Lo tengo claro ahora, se aprende para vivir, para mejorar, para transformarnos y no para ser juzgados o medidos, se aprende porque así son más amplios los caminos que elijamos y vivir sin miedo es la mejor manera que he encontrado hasta ahora de aprender, y lo mejor es que si estoy equivocado no me da miedo, así que un consejo: por favor, vive sin temor, sin temor aprendes mejor (científicamente probado por mi). 

Zapatos de mujer

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Los caminos están hechos más de decisiones y aprendizajes que con pasos en mapas, cuando se decide hacia donde soñar entonces está claro dónde ir, pero no fácil. Encontrar la compañía perfecta para hacer un camino no sé si es cuestión de suerte, pero por la belleza de su condición debe ser cuestión de Dios, en este caso aquí estoy, de la mano con mi esposa frente a este enorme camino, buscando zapatos.

Mi señora tiene gustos definidos con mucha elegancia y refinamiento, por lo mismo parecía imposible que yo le guste, pero en un mutuo conocimiento encontramos un mundo distinto que nos cautivó, y en estos encuentros la historia dicta conquista.

Desde el momento en que tomamos nuestras manos para andar por la vida ambos nos hemos visto en diferentes escenarios nuevos e inesperados, con mejores y peores resultados más siempre con la alegre disposición de aprender y el compromiso de compartir todo cuanto tengamos, hemos encontrado equilibrio en nuestro andar y ahora el objetivo es encontrar zapatos para el verano de mi Rosa. (Nombre de mi señora)

No sé cómo sientan los demás, en lo personal no disfruto las compras ajenas y menos aún la búsqueda especializada de lo inespecífico, pero el camino de la búsqueda de zapatos es algo que debo hacer, porque cuando te unes es para estar en las buenas y en las malas, además debo admitir que si ella tardara mucho comprando yo la extrañaría, así que prefiero ir.

Lo obvio es que los caminos se hacen extenuantes al punto de no diferenciar todas las variantes del rosado que se afirma existen, o el dilema de diferenciar cromáticamente un naranja de un lúcuma (que por denominación son frutas no colores, y que tienen diferentes tonos según su grado de madurez… así que simplemente no se) el tema es que me di cuenta que en un camino así no hay realmente culpables.

La mujer de compras es una de las versiones de la feminidad que más se ha banalizado, es fácil culparlas por todo el tiempo invertido en búsquedas inútiles pero dando un poco más de atención a esta experiencia uno comprende que realmente no debes comprar algo que no te gusta, y que es muy difícil encontrar algo cuando la tendencia parece ser el diseño para ser diferente y contrastable, no combinable a la vez que se produce en masa.

Pienso en los zapatos como un pequeño resumen de nuestra predisposición al camino, es como hacer equipaje de mano… y cuando los zapatos son una invitación a ser indefinidamente distintos es claro que hay poco donde avanzar, es una búsqueda que debe darse.

Puedes llegar a ver modelos con los cuales te sientes identificados, o te convences al cansancio que será lo mejor que podrás encontrar, pero en esta clase de búsqueda volver con las manos vacías no se considera una derrota, finalmente, creo yo, lo único que siempre está de moda son las convicciones, y los demás es pasajero.

Bailamos?

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“Bailas?”… una pregunta que encierra muchas cosas más allá de nuestra capacidad de definir o juzgarnos, bailar es una misteriosa experiencia donde nos alineamos a un ritmo y nuestro cuerpo forma parte de algo más, lejano y distinto a nuestra soberanía, un ceder alegre, una derrota del ego.

Algunos nacen y bailan con la facilidad con que respiran, otros aprenden en el camino y otros tantos no creen haber aprendido, no creo ser un gran bailarín pero a mi entender se trata básicamente de ritmo, que es tener en cuenta la constante en el tiempo. Al identificar la cadencia ya puedes acceder a un movimiento que le coincida, al menos para mí no hay mayor clave que esa. Pero veo también bailes que logran conmoverme y sé que no se trata solo de eso.

Yo aprendí a bailar en los buses y, como gran parte de lo que soy, esto lo aprendí de niño yendo de un lado a otro de la ciudad. Comenté en un blog anterior sobre como cedíamos el asiento en ese entonces, pues bueno, ya estás ahí de pie en un bus que pertenece más al pasado que a mis recuerdos, y te sujetas del asa en los asientos estremeciéndote en el crujir metálico como un Jonás* dentro de la bestia, viajando en una noche enorme y abisal.

La música y la ciudad atrasándose en las ventanas es lo único que puede entretener el viaje, la bestia se estremece y de repente sientes como se montó en una canción como emocionada, como si la melodía le hiciera cosquillas dentro y se sacudiera desde el interior. Ahí estas sujeto al asa del asiento dando brincos porque el mundo es enorme y todo corre y se estremece con brutalidad, entonces solo puedes saltar con la bestia, que otra vez parece haber sentido la música aguijonearle el alma bestial.

Entonces la alegría te embarga porque eres una vida dentro de otra vida y saltas al unísono con la música y el metal, que acelera, frena y se estremece coincidiendo con el repertorio, hasta tiemblan las luces y en tu humildad si algo tan grande es capaz de bailar… por que tú no?.

Te adelantabas a la bestia que ya no lo era tanto si sabía bailar, eras como uno de sus órganos, eras su corazón saltando con la canción y estremeciéndote al unísono, y conforme dejas de ser uno y formas parte de un todo una alegría más grande que la propia se deja conocer, en ese momento aprendí a bailar, sin saber lo que hacía, le encontré el ritmo y saltaba con ella, y lo habría hecho toda la noche si no me hubiera topado con una mirada adulta de esas que te invitan a avergonzarte.

Después de esa noche todos los viajes se disfrutaban así, con una danza furtiva y cómplice que me hizo sospechar del funcionamiento de los buses, tanta coincidencia no podía ser casualidad, debían tener algún mecanismo interno que les haga coincidir, que comprenda la música pero… y las paradas? Y la gente que detiene el bus y las esquinas que llegan y aun así coinciden? Ningún mecanismo podría anticipar tanto… tendría que estar en complicidad la ciudad, los transeúntes, los disc-jockeys radiales, los ingenieros automovilísticos, los mecánicos y conductores, todos de acuerdo  para generar una experiencia maravillosa que nadie parece valorar, y bueno, siempre estaba la posibilidad de sentirse loco.

Dejando de preguntarme sobre la relación del transporte público con la música y la ciudad seguí mi vida sabiendo ya bailar, le agregue algunos movimientos, le modere otros, le metí maña cuando llegue a la edad de necesitarlo, le di  mi corazón cuando fue la única forma de expresarme. No tengo la certeza de ser un gran bailarín, pero sé que nadie me quitará lo bailado, que la música me sigue dando boleto a viajes hermosos y por ello creo en la magia detrás de ella, porque he visto bestias bailar y sé que hay bondad en ellas.

ey el mundo cada vez es más pequeño he aprendido que hay ritmo en todo y solo es cuestión de encontrarlo, empezando por la constancia de las horas y tu latir que las acompaña, terminando por la noche cuando el silencio se hace intenso y tus sentidos más sensibles, la relación del clima y el ánimo por la cual los choferes eligen emisoras románticas en días grises y las mujeres colores intensos en días cálidos, hay toda una ingeniería musical detrás del universo y una alegría más grande que nosotros invitándonos a bailar, Creo yo.

 

 

*Jonás. Así con tilde, el bíblico y nada que ver con los Jonas Brothers.

El Fugitivo

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Cuando era niño todos teníamos reputación de algo: algunos no les gustaba comer, otros siempre se accidentaban y otros odiaban compartir. Si algo recuerda mi familia de mi niñez es que “me gustaba escaparme”… reputación peculiar, realmente nunca me gusto, pero lo hice muchas veces.

Ocurría cuando los discursos se contradecían, entre lo que los adultos dicen que debería ser y lo que realmente nos ofrecía la vida, mi madre me enseño que no debemos quedarnos callados ni inactivos frente a la injusticia, muchas veces por eso la desobedecí, muchas veces por cosas así escape.

Es que un niño era el último  eslabón de la cadena social, los niños cedíamos el asiento a cualquiera mayor que nosotros (que era casi toda la población mundial) le debíamos obediencia y respeto a cualquiera mayor que nosotros, éramos objeto del ego de nuestros padres y competíamos cual pokemones en las reuniones familiares, bajo nosotros se acababa la cadena de mando.

Que herramientas tenia frente a lo injusto, lo bochornoso y  deshonesto? Que cartas tenia para jugarme? Algunos pares amenazaban con no comer, otros se arrastraban para no caminar, nada que no resolviera un palmazo, yo me iba sin mucha explicación, se suponía que los adultos ya eran grandes para entenderlo todo.

La ventaja de tener un hogar disfuncional es que siempre tienes donde ir, y pase lo que pase el enemigo de tu enemigo es tu amigo, entonces el camino era bastante obvio. Al andar tomaba las previsiones del caso, caminaba rutas paralelas a grandes vías para no ser encontrado si me buscaban en auto y a la vez no alejarme de mis rutas conocidas, evitaba verme triste o desorientado :”como comprando el pan” pensaba, poco a poco hice rutas más grandes, ahora me sorprendo pero he llegado a atravesar varios distritos en una sola fuga.(No, en ese tiempo los niños… o al menos yo, no disponíamos de dinero como para movilizarnos).

Ahora se recuerda con gracia, por lo demás no fui problemático así que no hay muchos delitos en mi historial, mis mayores siempre vuelven a esas anécdotas entre risas, yo siempre respondo “Y aun considero que tuve razón” y viene un silencio incomodo porque ellos quedaron impunes.

En la familia de mi padre eran muy informales para discursos aleccionadores, la educación se brindaba con sarcasmo, entre bromas, como si avergonzando ante las burlas cambiarias tu forma de ser. Alguien que caminaba tanto podría ser Banner del increíble Hulk, o Caine de Kung Fu pero no, eran personajes demasiado admirables, que un niño quisiera ser, entonces buscaron a quien no les gustaba: Dr. Richard Kimball, el fugitivo (la serie de blanco y negro, no la película).Aun por costumbre me dicen Richard en casa de mi padre, tiene coherencia porque me llamo Ricardo también, pero Kimball… debes conocerme hace mucho para llamarme así.

Nunca me gusto escaparme pero eran las pocas armas coactivas que tenía, no iba a arrastrarme ni dejar de comer, como respetar a quien se arrastra? Y además… comer me encanta, hoy me sorprendo de mi quietud y de las incoherencias que se espera de la niñez actual, me preocupan los adultos de hoy y los que vendrán, creo que todos deberíamos escapar más, no dar tantos likes ni salir a lugares solo por tomar fotos, no basta con estar en la fotografía, hay que salir, vivir, sentir, conmoverse, experimentar lo real y tener la valentía de creer en algo,  me alegro de tener cómplices para esta fuga: de tener quien confie en no soltar mi mano, de conocer los lugares que conosco y de andar por la vida “como comprando el pan”, agradesco quien guste compartir camino y principalmente a quien se antoje de fugar un rato.

El encuentro

Mi padre envio mis fotografías de niño, no entiendo la acción pero imaginare una versión que me haga sentir cómodo: mi padre a su edad se miró en mí y comprendió la independencia de nuestras historias… y envió mis fotografías, único registro material de nuestro pasado en común, para que tome posesión del mismo, para que sea el único dueño de mi pasado, ergo de mi presente y futuro. Si, me quedo con esa versión.

Este fajo de fotografías de filtro vintage real ocasionaron la incomoda tarea de reorganizar mi álbum, que es una forma literal de reordenar el pasado, tuve que depurar imágenes y para ello prestar atención, evaluando cualitativamente las fotos de este viaje a la selva con mi padre, el único viaje que hicimos juntos en esta vida que nos toco compartir.No le recrimino, si me dijera para viajar en el presente tendría una mochila (y varios bolsillos) repleta de peros, con su correspondiente ausencia de tiempo.

Observo las fotos y encuentro tantos desenfoques absurdos y recuerdo a mi padre pretencioso con la incomprensible cámara de mi abuelo, tan familiar a mi presente de app y juguetes, las injustificadas fotos a helicópteros inalcanzables, unos niños empapados compartiendo el bote con nosotros, ordeno las fotos y me sorprende la cantidad de primeros planos míos, sin atreverme a fingir sonrisa, tan solo dandole al lente lo que la realidad justificaba.

Compartia silenciosamente el momento con mi esposa, quien de rato en rato sacaba provecho de mi mente apocalíptica para que le sugiera riesgos secundarios a su proyecto, yo miraba con detalle las fotos, las conocía de antes y me habían aburrido, la vida de un niño tiene tanto movimiento que las imágenes estáticas provocan respetable distancia, pero ahora no eran esos mis ojos, mis ojos de adulto buscando detalles, saboreando el tiempo pasado y el momento eternizado, y lo comprendí.

Ahi estaba mi sorna ante las poses de los adultos, mi padre jurando que por tener una gran cámara las fotos saldrán bien, las fotos de helicópteros eran mías, no no era fascinación inocente, algo se movilizaba constantemente en la selva, los niños del bote cobraron sentido con una foto de un montículo lejano entre las aguas, eran ellos aferrados a un tronco, los vimos con la cámara y les rescatamos, esos niños mojados y silenciosos en el bote, mi mano arañando el caudal junto al bote.

Pero los primeros planos mirando la cámara, no recuerdo hacerlos mas son muchas fotos, muchas veces, creo saber que pensaba y me deja en deuda con el niño que fui, esa mirada atravesando el tiempo llevando su mensaje, con que fuerza sostener el reto, como nos encontramos tan lejos mi niño y mi adulto.

Creo que mi padre entendió que mi pasado me pertenece, creo que vio el mensaje y tomó las fotos, creo que era hora de este encuentro.